La Negra

abril 02, 2008

Para R.G.
Nació en 1958, el año en que se estandarizó la producción de cigarrillos con filtro y se empezó su comercialización mundial, como un presagio. Desde que me acuerdo la acompaña el humo y en mis recuerdos más recurrentes, los cigarrillos se consumen en el cenicero del tocador mientras ella se encrema el cuerpo. Acaba de salir de la ducha, lleva la toalla enrollada en la cabeza y es linda, siempre ha sido muy linda.

Yo empecé a conocerla en la época en la que todavía iba por la vida con faldas de gitana y sandalias. Tenía el pelo largo hasta la cintura, los ojos negros y leía poesía. Por entonces, mi hermana, ella y yo nos sentábamos algunas tardes a jugar y ella recitaba en voz alta, por dar un ejemplo, a Juan de Dios Peza. Comenzando irresponsablemente nuestra educación sentimental con los románticos mejicanos. Eran los tiempos de la facultad de derecho en plena UDP. Vivíamos en Santa Cruz y teníamos una perra muy lista que se llamaba Colorina. Recuerdo un día en el que la llevamos en el coche, vestida por primera vez con un traje de falda y chaqueta color tumbo y una camisa blanca, a dar un examen. Las niñas no entramos en el Aula Magna, pero: cómo le brillaban los ojos a ella al salir, joder. Me parece que en esa mirada descubrí yo que era el poder. Es un fulgor en las pupilas, que ese día cambió algo substancial en el aire, sacudió el bochorno y poco después nos llevó de vuelta a Tarija.
Ahí vivíamos en un cuarto de la casa de la abuela las tres juntas y ella se iba temprano en la mañana en bicicleta a trabajar. Me parece que era secretaria de una institución publica, cuando salía vendía toallas y ropa de cama, casa por casa y para aumentar los ingresos, algunas veces, fuimos las tres en un camioncito alquilado hasta el Chaco a recoger cerdos, que ella luego vendía a una fabrica de embutidos.
Fueron cuatro o cinco viajes relámpago que cambiaron mi vida, en los que invariablemente escuchamos la discografía completa de Nicola di Bari, ampliando un poquito más nuestra educación sentimental con baladas italianas cursísimas. Fue ella la que nos mostró Beretí, el lugar en medio de la nada del que viene nuestra familia y que ya nadie recuerda realmente, inaugurando uno de los refugios más recurrentes de mi fantasía. Han pasado más de 20 años desde entonces y no he vuelto a ir, pero aun hoy y aquí en Berlín, el saber que esa casa solitaria se mantiene en pie, me ayuda a no perder mi identidad y al menos yo sé que somos una familia de desesperados, dispuestos a llegar al fin del mundo si es necesario, para sobrevivir. Colonos en resumidas cuentas, loquitos que se embarcan en viajes interminables por caminos imposibles desde hace generaciones.
Al cabo de dos años nos mudamos a La Paz, cuando por fin ella pudo trabajar como abogada en un ministerio. Se fue unos cuantos meses antes a preparar nuestra llegada, en los que la extrañamos muchísimo, y nos esperó con un departamento en el treceabo piso de un edificio en pleno centro. Mi hermana y yo alucinamos con el ascensor y descubrimos por primera vez a conciencia el vértigo, el desarraigo, la extranjería.
Ahora ella era jefa nacional de penitenciarías y las tres nos pasábamos los fines de semana de una cárcel a otra. Primero la de mujeres de obrajes, luego la de San Pedro. Era la época de los narcoarrepentidos con sus celdas de lujo en el patio chico y todos los policías hacían fila saludando militarmente al coronel, en este caso a la coronela, que pasaba entre ellos tímidamente con sus zapatos de taco alto que sonaban por los pasillos, seguida por nosotras. La primera persona famosa que conocí en la vida fue Meco Domínguez, que en mi memoria será siempre un señor moreno, grandote y gordo que un día nos regaló un helado de agua a mi hermana y a mi, que esperábamos siguiendo las instrucciones de no alejarnos, a que ella terminara la audiencia con los presos en un cuartito. Cuando salió y nos vio charlando con el hombre se puso pálida y desde entonces estuvo prohibido hablar con cualquier interno. Cuántas cosas vimos ahí dentro, tantas y tan extrañas que yo empecé a pensar en personajes y en cuentos y a ella no se le ocurrió nada mejor que regalarme Cumbres Borrascosas de Emily Bronte y Crimen y Castigo.
Teníamos un autito blanco en el que a duras penas entrábamos las tres, ella salía en él de casa muy temprano para ir a clases antes de entrar a trabajar y cuando volvía de trabajar, se quedaba noches en vela terminando los deberes para sus maestrías. ¿Cuántas tendrá: dos, tres? Era tremenda su pasión recién inaugurada por la economía y su voracidad. Mi hermana iba al ballet, yo leía y ahora vivíamos las tres en una casita de San Miguel.
Nos veíamos poco desde que se convirtió en especialista en políticas financieras, políticas económicas, banca, etc., etc., y empezó a trabajar en el Banco Central, aunque por las noches discutiéramos interminablemente sobre la política y la economía del país y fuera casi una obligación para las niñas leer el diario después de la comida.
Todavía menos cuando se convirtió en Gerente del Área Legal y pasó ella misma a dar clases en la universidad. Fue la época en la que me regaló las obras completas de Nietzsche, el Extranjero de Camus y La Metamorfosis, francamente no sé qué se proponía. Ya nunca se quitaba el traje y podíamos entrar con ella a un ascensor exclusivo para los VIP.
A veces subía a verla a su despacho en el Banco después de corretear entre los manifestantes de la Plaza San Francisco o ella pasaba por El Prado cuando salía de trabajar y sabía que yo estaba en la calle armando lío. Yo pienso que estamos en muchas más cosas de acuerdo, de lo que ninguna de las dos estaría dispuesta a reconocer nunca, quién sabe por qué. En cualquier caso fue ella la que me regaló ese libro sobre escritores latinoamericanos en Europa que sigo llevando a cuestas como un amuleto y que atestigua como ningún otro objeto los años de emigrante. Me lo dio cuando aún no sabía que me iba y aunque desde entonces no hace más que preocuparse por la “hija opa” que tiene en Europa y quejarse de su forma irresponsable de vivir al día, sin metas fijas ni expectativas, ahí esta, preocupada, llamando una vez a la semana, lista para reaccionar, aunque a veces suene como los Marines.
No se si se arrepiente de los románticos mejicanos, de Nicola di Bari y de los viajes por tierra sobre carreteras perdidas, a veces me entristezco pensando que es así, que esas son partes de nuestra historia que ella preferiría olvidar. Ni sé si alguna vez se puso a pensar en feminismo o emancipación, más bien creo que no, en cualquier caso debería saber que para una vieja como Emma Goldmann sería una camarada, también en lo del amor libre y que una buena parte de las teóricas del movimiento han practicado la mitad. No lo sabré yo, que he tenido que recuperar en estos años la teoría de género necesaria para entender al ser humano que me ha parido y darme cuenta de lo grande que es el bicho en todos los sentidos y lo terriblemente complejo.

1 comentarios:

Thomas Bernhard dijo...

Me encanta :_)

Creo que me voy a hacer visitante regular de tu blog :)

Un beso,

Ralph

 
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