Londres, la propiedad privada y lo que vendrá...

agosto 10, 2011

Escucho en la radio las noticias que llegan desde Londres. El jefe de Scotland Yard habla de partes enfermas en una sociedad que se agrupa para saquear, romper y robar. La denuncia es que muchas personas, la mayoría jóvenes, colapsaron psiquicamente, al parecer no hay otra explicación. Hasta ahora el menor de los más de 600 detenidos en distintas ciudades inglesas, no tiene más de 11 años. ¿Hablamos sólamente de vandalismo pre puber y de adolescentes que, gracias a sus blakberrys, han podido ponerse de acuerdo para saquear centros comerciales, tiendas y supermercados? ¿De dónde viene esa enfermedad? ¿Por qué la policía tiene que amenazarlos con enjuiciarlos como adultos para que se queden en sus casas?
En Europa la crisis afecta directamente al estado de bienestar y lo que queda patente desde que se fueran los curas, los hippies y los punks, es esa ausencia de valores políticamente correcta, que es parte substancial de la educación de la mayoría de los jóvenes en este continente. No estamos hablando de gamberradas que la policía pueda controlar con balines de goma y lanza aguas. La frustración que expresa estos actos violentos és latente, tiene una directa relación con la falta de perspectivas y sobre todo con la imposibilidad de la mayoría de los jóvenes de acender en el futuro, aún el más remoto, de clase social. Supongo que por eso en el estudio más reciente de Adeco en España la mayoría de los chicos quiere ser futbolista. Si tenemos que hacerle caso a los analistas en la radio, de la encuesta publicada en los últimos días en ese país, la opción no tiene que ver tanto con el deporte como con el dinero. Son los nuevos gladiadores.
Aquí, como en el resto del mundo, vivimos viendo series americanas, pero la movilidad social en Europa ahora mismo es un cuento chino. Seguramente podamos contar con los dedos de las manos a los ilustres que han hecho el camino de lavaplatos a millonarios. Este no es el continente de las oportunidades y menos aún desde que a mediados de los noventa -en el caso de Inglaterra ya en los años 80 con Margaret Tacher- se decidiera por la economía de libre mercado a saco. Filósofos de la talla de Peter Sloterijk hablan incluso de post humanismo y la socidad actual, lejos de pensar que los seres humanos somos iguales, concentra todas sus energías en mantener las prerrogativas raciales y de clase de los que pueden heredar. La estética de la superficie es una falacia, no somos iguales porque vistamos igual. Los chicos roban en las tiendas, porque se prometen un mejor futuro a partir de la apariencia y no por necesidad. En mi opinión la urbanidad que caracteriza tal vez los últimos 50 años del viejo continente, tiende a descascararse debajo del oropel de la ropa de marca.
Una de las cosas que más me chocó de estudiar en la universidad alemana fue que, contrario a todos mis prejuicios, la mayoría de mis compañeros de clase venían de familias pudientes. Bien visto el sistema americano, con sus programas de becas y sus subvenciones para niños inteligentes, es mucho más igualitario. Más o menos la misma cantidad de jóvenes acceden a la educación superior de todos los colores. En Alemania al rededor del 30% de los jóvenes llegan a la Universidad. Los procesos de selección son tan duros desde el principio, que es muy difícil que un hijo de trabajadores, peor si es hijo de extranjeros, así por las buenas llegue a la Universidad. En mi generación y entre las personas que tienen estudios universitarios, incluidos aquellos que dicen de sí mismos ser de izquierda, uno de los insultos más frecuentes es: “prolet”, viene de proletario y si Marx hubiera podido prever este desarrollo lingüístico, a lo mejor habria escogido otro idioma para escribir sus textos. Hace 14 años que me escandalizo por eso y entre tanto pienso que, la diferencia principal con los Estados Unidos es que aquí los trabajadores pagan con sus impuestos, que los niños bien los insulten con un lenguaje exquisito y al hacerlo, se sientan respaldados por todo un sistema social, económico, gramatical.
 
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