Primer Mensaje a la Nación

septiembre 10, 2008


“El Caso del Perro Aullador”

Hoy me levanté con temor. Ayer no funcionaba la conexión de Internet y antes de dormir, me dí cuenta de que no me podía concentrar en la novela de Stanley Gardner que estoy leyendo, “El caso del perro aullador”, porque tengo miedo de quedarme incomunicada del mundo. El Internet es vital, entre tanto el 45% de mi vida social es online y los pocos alicientes para levantarme llegan por email. Las razones para el caos son muchas.
El sábado se fue Titi de vuelta a Venezuela, vía Miami, el viernes se va Alejandra a la Argentina vía México. Rother sigue en su trip y Berlín entra al otoño a grandes saltos. Ayer me vestí como una señorita de los años 50 para una entrevista de trabajo, el jueves de la semana pasada, me disfracé de mujer liberada de los 90 y tampoco dio resultado. Le he pedido a Alejandra que me deje de recuerdo su máscara de Blue Demon y he pensado que si tengo energía, antes de que se vaya voy a pedirle que me saque fotos con ella puesta y mi vestido de china. Quiero un foto shooting de mi alter ego. Esa mezcla grotesca entre El Santo y Raquel Welsch, en azul eléctrico o pantalón de cuero, que he creado en estos años.
Se ha hecho de noche en un santiamén. Tengo los horarios totalmente trastocados, no pude dormir pensando que mis vecinos probablemente habían cortado la conexión de Internet a propósito. Por momentos padezco un verdadero delirio persecutorio. Ahora estoy optimista porque la conexión ha vuelto y con ella el mundo. En radio Panamericana ha comenzado ya Surcos Bolivianos. Canta Gladys Moreno, todo está bien.
El país sigue ahí. Me pregunto si todos los bolivianos en este tiempo padecerán las mismas paranoias.
La traducción de la novela de Gardner es muy mala, tan mala que no vale la pena seguir leyendo el libro. Me ha conmovido mucho ver como se deshacía una vida en dos semanas y he decidido ser más coherente. Voy a regalar una parte de la biblioteca, voy a volver a las cinco cajas y no más de cinco cajas. En el noticiero de CNN dicen que Pando y Beni están incomunicados y que grupos de personas están tomando oficinas públicas para obligar al gobierno a que respete las autonomías. Por otro lado, el domingo a la noche, antes de que se cortara la conexión, escuche en la radio el discurso del vicepresidente. Fue oírlo y que se fuera la señal por más de un día, una eternidad.
En la mañana había hablado con toda mi familia vía Spype, ellos también han decidido sumarse a la comunidad virtual para poder ver crecer a su nieta. Ahora son abuelos y desde que esto ha sucedido, lo más probable es que nuestra vida familiar sea un Conferenscall con web cam. Es mejor que los largos silencios de los últimos 10 años y más realista. La vaina económica se está poniendo de color hormiga en todas partes al mismo tiempo. Cada vez es más difícil y más caro volver a casa. Ahora en un reportaje especial, un periodista desde Santa Cruz informa que grupos de la juventud cruceñista, cívicos y universitarios han tomado varias instituciones públicas en los departamentos de la Media Luna y lo que se anuncia es que posiblemente vaya a escalar el conflicto. El gobierno está reunido con el ejército en Palacio y es posible que implanten el Estado de Sitio, ha perdido el control sobre dos departamentos. Ya ha empezado El Suavecito y eso es señal de que es hora de cambiar de estación. Hora de volver a Europa y a la necesidad de dejar de desconfiar de los vecinos, aunque sean jovencitos alemanes friki, ellos no conocen a García Linera y es probable que nunca hayan escuchado hablar de Perry Mason.

El Cuervo

junio 04, 2008


En La Paz ha nacido El Cuervo, la editorial alternativa dirigida por el Flaco Barrientos. El primer libro le pertenece a Julio Barriga, según los privilegiados que han podido leerlo, una de las perlas ocultas de la poesía latinoamericana. Compren Libros!

El Marqués

mayo 21, 2008

Conocí al marqués cuando tenía poco más de 9 años. Acabábamos de llegar a vivir de nuevo a la ciudad de la que viene nuestra familia y él apareció como por arte de magia. Si lo pienso bien, nunca supe como. Eso sí; un día estacionó la brasilia beige que tenía en la puerta de nuestra casa y empezó a hablar con nosotras. Como es obvio a mi hermana y a mi nos resultó sospechoso. Era un tipo que no se parecía en nada a la gente con la que nosotras estábamos acostumbradas a tratar. Sobre todo porque besuqueaba a mi madre cada vez que podía. Por otro lado mi abuela tampoco lo veía con buenos ojos. Ya que era dueño, debido a distintas razones que circulaban por el pueblo, de una pésima reputación.
Por esa época tendría unos 43 años. Era alto y en general tiene que haber sido un tipo atractivo, mi madre por lo menos estaba loca por él. Al principio nosotras no quisimos tener mucho que ver, intentamos no hablarle, procuramos no acercarnos, pusimos toda nuestra atención en resistir a sus encantos. Pero era difícil evadirlo. Era un tipo listo que entre caramelos y salidas a pasear al río, nos metió en el bolsillo sin que nos diéramos cuenta, para increíble felicidad de nuestra progenitora. Que hay que decir, siempre nos puso en primer lugar.
Que yo sepa el nunca usó el título y su padre tampoco. Era un revolucionario afiliado al partido, todavía hoy guardo en mi casa su carné del Movimiento Nacionalista Revolucionario. Es una de las pocas cosas que me han quedado. Por lo demás tengo una foto y la chompa que cargaba conmigo, desde hace más de 15 años, el año pasado terminó de ser devorada por las polillas, así que no la tengo más. Igual no esta mal que me despida de él de una buena vez, está muerto desde 1990.
Me gustaba su casa. Era una construcción años 70 con ventanales amplios que daban al jardín, una sala espaciosa con chimenea, una cocina, en la que él pasaba muchas horas y una biblioteca enorme en todo el segundo piso. En esa época era la única que conocía, salvo por la de mi abuelo mientras estuvo con vida, que tenía un cuarto entero lleno de libros. En el centro de la habitación estaba un mueble extraño, que dejaba ver de uno y otro lado, las cartas que El Marqués le escribía a Bolívar o a Sucre y estos a él. Nunca me dejaron tocar nada y nunca sentí que estuviera en mi casa. Había una ley no dicha de molestar lo menos posible, a la que las niñas nos ateníamos en la medida de nuestras posibilidades.
Al lado vivía la madre del marqués en los restos de la construcción original. Su casa era oscura, con los techos altos y estaba decorada con un montón de cuadros religiosos. Había uno de Melchor Pérez de Olguín, casi todos los demás de maestros pertenecientes a su escuela. Olía a una mezcla rara entre humedad y perfume. Tenía una radio empotrada en un mueble de madera clara de los años de la perinola y en el comedor una mesa enorme, rodeada con vitrinas en las que se podían ver los restos de lo que alguna vez seguramente fue la magnífica bajilla de plata de El Marqués. Mi pieza favorita era una pequeña caja para guardar el té, trabajada preciosamente con guirnaldas de flores y angelitos, si recuerdo bien. Tampoco pude tocarla y me habría gustado mucho.
Las comidas ahí eran opíparas y súper ricas. Sobre todo las salteñas caseras hechas por doña Norberta y servidas por la criada de turno, que venía corriendo cada vez que escuchaba sonar la campanita que la madre del marqués tenía siempre a la izquierda del plato y que representaba a una esclava africana, creo que era de bronce. Los platos y las bebidas se sucedían al compás del instrumento. Nunca entendí bien cómo era posible que el marques fuera revolucionario y al mismo tiempo la madre del marques fuera una entrañable oligarca practicante. En cualquier caso todos estaban orgullosos de las andanzas de la señora y de su valor, ya que gracias a ella la familia había perdido apenas tierras con la reforma agraria. La mujer las había defendió con el fusil en la mano y a caballo, acompañada por un par de infelices despistados, de las hordas revolucionarias. Con tal suerte y maestría, que en la época en la que yo conocí a la familia una cuantas hectáreas de tierra estaban prácticamente abandonadas y no le servían a nadie para nada.
La figura del marques era igual de contradictoria que la historia de su familia y en cualquier caso era un hombre provisto de muchas curiosidades personales, plagado de anécdotas. Una vez me mostró una foto color sepia, en la que una hermosa niñita rubia, vestida con un traje andrógino de marinerito, miraba a la cámara temerosa. Los bucles marcaban el contorno de su rostro y la pequeña boca se comprimía en una mueca indescifrable. Acto seguido me contó que después de su nacimiento, la madre había recibido la noticia de que no podía tener más hijos y se consoló vistiendo al niño los primeros cinco o seis años de su vida como mujer o casi. Nunca pude preguntarle si le había quedado algún trauma de esa experiencia, murió antes de que yo fuera conciente de los traumas.
Por lo demás mientras vivimos en La Paz, nuestra vida en común no fue menos extraña que en nuestra ciudad de natal. Digamos que la distribución de roles en nuestra familia era, para el contexto social en el que circulábamos, por demás extraña, casi sospechosa. Mi madre trabajaba y estudiaba de sol a sol, mientras él veía con nosotras por las tardes los Thondercats y cocinaba. Era un excelente cocinero, que raras veces salía de la cama antes del medio día y que después de ver los dibujos animados con nosotras, se sentaba en el escritorio con el saco de fumar puesto, a fumar por supuesto y a leer o a hablar por teléfono. En nuestra casita de San Miguel también teníamos una biblioteca, pero no era ni de lejos tan bonita como la que había en lo que mi madre llamaba el “elefante blanco” de nuestra ciudad natal. A cambio las niñas podíamos tocar y ver todo.
Después sobre las cinco de la tarde, él se metía en la ducha y se vestía como si fuera un ejecutivo para ir a recoger a mamá de la oficina. La traía a casa, servía lo que había preparado y cuando nuestra madre se encerraba a seguir con su labor de estudiante empedernida, él se ponía a ayudarnos a hacer los deberes o nos daba unos discursos radicales sobre las telas cordiales y la barrera de los rumbos. Aún hoy pienso en esas charlas, que entonces escuchaba más por cortesía que por interés. Nadie con once o doce años pienso yo, tiene la capacidad de concentrarse en ese tipo de conversaciones metafísicas. Ahora en cambio me pasa a veces leer algún libro y acordarme de él. Aunque claro, nunca he tenido la oportunidad de cotejar lo que creo que aprendí con lo que él realmente quiso transmitir. Eso sí, me ha quedado el I Ching y cuando lo consulto siento que lo tengo cerca, quién sabe.
El segundo tema de discusión en importancia era la Revolución Nacional. Ahí si que lo entendía y hablaba con tanto fervor, que por su culpa tuve una de las primeras rupturas con mi señor padre que, francamente quién sabe por qué, tiene el corazón falangista y es un enemigo acérrimo del Dr. Paz Estensoro, pero esa es otra historia.
El tercer tema en jerarquía era la poesía y, aunque ahora me doy cuenta de que el pobre francamente no tenía ni puta idea, el hecho de que su padre hubiera sido un poeta, hacía que él se sintiera en el derecho de transmitir una poética, desprovista por supuesto de toda lógica, que se reflejaba en su lema de vida “mi padre fue un poeta, yo hago de mi vida una poesía” y tanto que lo hacía. Los rumores sobre sus andanzas son muchos y variopintos.
La noticia de su muerte me llegó una tarde en medio de unas vacaciones tristísimas. Mi abuela estaba visitando a unos tíos en Alemania y a mi me había tocado quedarme el resto del verano en la casa de unos parientes que son tan agradables como chupar un fierro. Me lo dijeron de frente y sin muchos preámbulos, supongo que partiendo del principio de que como el marques no era mi padre y apenas lo conocía, llevamos viviendo sólo tres años, poco o nada podría afectarme.
Al día siguiente fuimos juntos a esperar el féretro al aeropuerto, nosotros y un par de cientos de personas. Vi a mi madre a lo lejos, rodeada por los hijos del marqués. Vi a todos meterse en un coche con el muerto y partir en dirección al elefante blanco. Los parientes me dejaron en la casa y se pusieron a hacer relaciones sociales con todos los concurrentes, su especialidad. No pararon de llegar personas en toda la noche ni paro el ruido ni pude acercarme a mi madre hasta varios días después, creo que incluso fueron años.
Esa noche pasé un buen rato sentada en uno de los escalones de la biblioteca viendo el espectáculo sin atreverme a entrar al velatorio y supongo que me habría quedado dormida en el lugar, si una de las hijas del marques no hubiera venido a cogerme de la mano y no me hubiera obligado a ver al muerto en su cajón.
Tenía los orificios corporales taponados con algodones para que no se le salieran los líquidos, me explicó la hija del marqués. Dándome con lujo de detalles una disertación extensa sobre como se enterraba a las personas y lo que pasaba con los cuerpos.
El marqués tenía la piel amarilla y unas ojeras terribles, estaba mucho más delgado y llevaba puesto uno de sus trajes de ejecutivo. Como siempre estaba muy bien arreglado, con un pañuelo blanco en el bolsillo y mientras lo vi no tuve la impresión de que se levantaría de un momento a otro. Estaba muerto y bien muerto, ya era carne de gusanos.
Nunca entendí por qué la hija del marqués hizo eso y me pregunto si se acordará del incidente, lo que yo recuerdo es que no pude dormir esa noche ni la siguiente y que durante muchos meses, quizá años, tuve pánico de cerrar los ojos.

All Together Now

abril 30, 2008

Peras al olmo

Acabo de terminar de leer Presidencia sitiada del ex presidente Carlos Mesa. Supongo que estoy un poco out en la discusión actual, con el referéndum de Santa Cruz en medio de todos los debates. En realidad empecé a escribir este artículo hace un par de semanas. Cuando me llegó el libro e inmediatamente después de leer el tríptico que circula en Internet escrito por Dante Pino Archondo. Enfrentarse con tanta boludez indigna, francamente. Cuántos estarán como yo, pensando en lo mismo. Así que en ese punto tuve que dejar de escribir, respirar hondo y relajarme una semana para poder volver a esta nota. Era importante, no quería permitirme tener a un Dante en la oreja.
Para empezar tendría que decir que Presidencia sitiada me parece bien escrito. Es claro, da muchos ejemplos y aparenta ser lo suficientemente honesto como para que sea difícil imaginarse que Mesa vuelva a tener la oportunidad de presentarse en una contienda electoral así por las buenas, con invitación. “Se crea demasiados enemigos”, en opinión de otras personas que lo han leído, según lo que he visto en distintos chats. Como ya se sabe, las elites políticas y económicas más tradicionales del país, sin importar el color de piel que tengan ni sus tradiciones, no están acostumbradas a tratar con personas que privilegien el cumplimiento de las leyes del Estado a los intereses personales, partidarios, sectoriales o regionales.
Errores más, errores menos, tengo que reconocer que como boliviana occidental, no sé que dirá el resto, me siento orgullosa por la manera en la que Mesa reaccionó primero a la brutalidad terca con la que el presidente Sánchez de Lozada pretendió mantener el control del país; distanciándose del Gobierno, pero asumiendo la responsabilidad conferida por el pueblo, permaneciendo en su cargo como Vicepresidente. También por las personas que eligió para hacerse cargo de los distintos ministerios. Que demostraron, y puede verse en los números, así como en el respeto a los derechos humanos, no sólo que eran eficientes, sino también que estaban humanamente a la altura de las circunstancias, más que complicadas, por las que atravesaba el país. Es probable que sin el trabajo de esos hombres y mujeres las consecuencias del vacío de poder hubieran sido funestas para el sistema democrático. En honor a la justicia, que es algo que la opinión pública boliviana apenas conoce porque los Dantes abundan, seguramente hablamos de uno de los mejores gobiernos que hayamos tenido, a pesar de su corta duración. Me representa.
A destacar del libro también es la abierta cercanía política y emocional del presidente Mesa con los valores de la revolución de 1952. Más allá de que sus declaraciones al respecto sean una manera de justificar el haber acompañado la candidatura de Gonzalo Sánchez de Lozada en 2002, ahora que el bad boy es el enemigo público number one, lo cierto es que en eso también me representa. Ya es hora de que uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia públicamente deje de pertenecerle exclusivamente al MNR. El 9 de abril no puede seguir siendo la efeméride de un partido, y los valores intangibles que son el resultado de ese enfrentamiento no pueden seguir siendo tergiversados. ¿Que la revolución no funcionó como debería? Sin duda, pero dígame si conoce alguna que haya funcionado bien. Además ¿qué es bien? Estamos haciendo nuestro camino hace más de 180 años, en circunstancias y con un marco social tan complejo, que mal podemos compararnos con otros. Los bolis tampoco inventamos la pólvora a cada rato. Ya sé que eso es algo que piensan algunos de los tipos que nos dirigen, o lo que fingen para que no se note tanto su incongruencia, ¿no, Dante? Pero lo cierto es que, como todos los otros pueblos, los bolis tenemos nomás un desarrollo histórico y la mayoría de los países del mundo no han vivido una revolución. Vean a los vecinos. Nuestros actos políticos permanecen en el tiempo, crean ideologías, forman líneas directrices y en el caso de los bolis nunca mejor usado el plural. ¿Cuántas culturas somos nosotros en paralelo decidiendo cosas en el país hace cuántas décadas? Nos respetaremos pues. Asumamos definitivamente que todos somos sujetos y cual es la participación de cada uno en los hechos del pasado. Tengamos los huevos de reinventar el idioma que usamos para comunicarnos y volvamos a hablarnos en boliviano, sólo que esta vez sin víctimas y sin verdugos. ¡Pease and love!
Presidencia sitiada no va tan lejos en su reivindicación de 1952, pero se adscribe a las ideas originales del Movimiento públicamente, enajenándolas del partido, y complementándolas con una gestión de gobierno transparente y eficaz. Por eso Carlos Mesa se empeña en afirmar, una y otra vez, que el suyo no fue un gobierno bisagra, sino el principio del cambio. Yo le creo. Mientras leía el libro, llegué incluso a sentirme orgullosa de las fuerzas del orden, de mi país --y aquí, en el exilio--. Sólo que es una lástima que esa tensión se vea anulada por el estilo literario, que a ratos no puede evitar sonar cursi, incluso llegar a parecer pedante. Rompiendo así el vínculo emocional con el lector y por ende toda posibilidad de identificación a posteriori.
Yo al menos descubro en afirmaciones del tipo “los bolivianos hemos sido especialistas en mentirnos, en flagelarnos, en contarnos cuentos, pero sobre todo en devaluar lo que hicimos. Cuando digo bolivianos creo que digo mal, debo decir aquellos que nos apropiamos de la historia desde hace siglos…” un parentesco retórico entre Mesa y Octavio Paz. En mi opinión, hay una parte central en el discurso de ambos intelectuales que es similar, a pesar de pertenecer a generaciones completamente distintas. Ambos utilizan el plural –los bolivianos, los mexicanos– pero ninguno se hace cargo. Tanto el ex presidente como el escritor tienen problemas en asumir lo que realmente son. Es decir que pertenecen directamente al grupo de “aquellos que han escrito” la historia de sus países, o sea que son miembros privilegiados y coresponsables de la parte comandante del caos. Si no son ellos, precisamente, los que construyen la metáfora de la patria, ¿quién lo hace? Pero ambos se niegan a asumir discursivamente cualquier responsabilidad al respecto y así, errado el punto de partida, es difícil que podamos los simples mortales acercarnos a sus buenas intenciones.
Con el libro viene también un DVD y qué puedo decir. Me causó ternura, hizo que me acordara de las noticias y los De cerca. Hace más de cinco años que no vuelvo a Bolivia y Mesa vos sigues igualito. 90 por ciento de los almuerzos de mi adolescencia han sido con vos. Puta, me has hecho recordar y bien estaba, hasta el momento en el que se te ocurre ir a una manifestación organizada por Felipe Quispe a las puertas de la iglesia San Francisco. Que caché, me sorprendiste. Bien capo siempre eres. Ir vos nomás casi solito, a ponerte al lado del Mallku y dejar que el Felipe te compare con Pizarro frente a un auditorio aymara. Uau.
Después comenzó a hablar de nuevo el presidente Mesa y bien, claro, estamos hablando de uno de los intelectuales más respetables del país, insisto. Como era de suponer se alineó con la herencia del Mariscal Andrés de Santa Cruz, destacando lo que destacan tradicionalmente los que construyen la metáfora de la patria. O sea que Andresito era hijo de un español y una noble aymara, como si no fuera suficiente con que la buena mujer fuera aymara. Más teniendo en cuenta que hace prácticamente un siglo que en nuestro país los títulos nobiliarios ya no se usan y como si Andresito no hubiera hecho ninguna otra cosa en la vida. Otra vez la cercanía espiritual con Paz, que es otro al que le encantan los cholos en general, pero puntualmente sólo los cholos finos. Difícil. También difícil la frase del presidente Mesa: “Porque si hubieran leído la historia…”, frente a un auditorio al que a lo mejor sí le hubiera gustado leer, sólo que nunca pudo aprender y en cualquier caso no tiene acceso a los libros. Los libros son carísimos. Cuando la escuché pensé: ya la cagaste, sigues acostumbrado a la homilía de la segunda edición del noticiero de PAT. ¿Hasta cuándo, pues, me querías representar? Más bien que te salvaste por penal diciendo: “al pueblo aymara nunca le ha ganado nadie”. Puta, qué sufrimiento y qué lástima que no te hubieras atrevido a ganarle vos, venciéndote a ti mismo en nuestro nombre. Dando en ese momento un paso más y mostrándole al país que esa Bolivia “en sí”, simbólicamente unida en su diversidad, también puede aspirar a tener un político de la talla de Willy Brandt. Es decir, a un humanista occidental, un White Man, dispuesto a superar los malos entendidos. Alguien capaz de caer de rodillas si es necesario, para disculparse públicamente frente a sus interlocutores, con sobrecogimiento y humildad, por las partes más estúpidas y bárbaras de mi propia cultura. Una sola vez. ¿No es eso hacer historia?En nuestro país se ha roto el sistema cartesiano. No hay más las dos Bolivias de 1952, ésa es la esperanza queridos cambas. En 2008 somos por lo menos cuatro Bolivias, si no somos 36, como los idiomas que tenemos reconocidos; más nueve, si respetamos las características culturales de los distintos departamentos, y así al infinito. A estas alturas es evidente que a la metáfora del mestizaje, ésa que asocia directamente lo “español” y lo “indígena”, se interpusieron los milicos, las leyes de libre mercado, distintos movimientos migratorios, un montón de ONG, la caída del muro de Berlín y por suerte también 1968, además de Internet. Dando como resultado a principios del siglo XXI una generación como la mía, bien representada numéricamente en el país, fragmentada culturalmente y for export, si la dejan entrar en algún lado. Nosotros somos, y los que nos siguen son, híbridos. ¿Es tan malo eso? ¿Acaso no nos da la oportunidad como individuos de escoger en el supermercado cultural lo más bonito? ¿No podría ser éste el modelo para una globalización progresista? ¿De Bolivia para el mundo? Los híbridos somos “en sí” y queremos tener la libertad de ser lo que queramos: cholos, punks, occidentales, queer, budistas, aymaras, lesbianas, anarquistas, chapacos, bi…, de preferencia todo junto. Y en mi opinión, si alguien se siente llamado a actuar en la reinvención de las metáforas nacionales desde occidente, ese/a/os en este momento deberían dejar de leer a Octavio Paz y empezar a leer a Fabián Casas. Así nos salvan de la humillación cultural colectiva de seguir pidiéndole peras al olmo.

La Negra

abril 02, 2008

Para R.G.
Nació en 1958, el año en que se estandarizó la producción de cigarrillos con filtro y se empezó su comercialización mundial, como un presagio. Desde que me acuerdo la acompaña el humo y en mis recuerdos más recurrentes, los cigarrillos se consumen en el cenicero del tocador mientras ella se encrema el cuerpo. Acaba de salir de la ducha, lleva la toalla enrollada en la cabeza y es linda, siempre ha sido muy linda.

Yo empecé a conocerla en la época en la que todavía iba por la vida con faldas de gitana y sandalias. Tenía el pelo largo hasta la cintura, los ojos negros y leía poesía. Por entonces, mi hermana, ella y yo nos sentábamos algunas tardes a jugar y ella recitaba en voz alta, por dar un ejemplo, a Juan de Dios Peza. Comenzando irresponsablemente nuestra educación sentimental con los románticos mejicanos. Eran los tiempos de la facultad de derecho en plena UDP. Vivíamos en Santa Cruz y teníamos una perra muy lista que se llamaba Colorina. Recuerdo un día en el que la llevamos en el coche, vestida por primera vez con un traje de falda y chaqueta color tumbo y una camisa blanca, a dar un examen. Las niñas no entramos en el Aula Magna, pero: cómo le brillaban los ojos a ella al salir, joder. Me parece que en esa mirada descubrí yo que era el poder. Es un fulgor en las pupilas, que ese día cambió algo substancial en el aire, sacudió el bochorno y poco después nos llevó de vuelta a Tarija.
Ahí vivíamos en un cuarto de la casa de la abuela las tres juntas y ella se iba temprano en la mañana en bicicleta a trabajar. Me parece que era secretaria de una institución publica, cuando salía vendía toallas y ropa de cama, casa por casa y para aumentar los ingresos, algunas veces, fuimos las tres en un camioncito alquilado hasta el Chaco a recoger cerdos, que ella luego vendía a una fabrica de embutidos.
Fueron cuatro o cinco viajes relámpago que cambiaron mi vida, en los que invariablemente escuchamos la discografía completa de Nicola di Bari, ampliando un poquito más nuestra educación sentimental con baladas italianas cursísimas. Fue ella la que nos mostró Beretí, el lugar en medio de la nada del que viene nuestra familia y que ya nadie recuerda realmente, inaugurando uno de los refugios más recurrentes de mi fantasía. Han pasado más de 20 años desde entonces y no he vuelto a ir, pero aun hoy y aquí en Berlín, el saber que esa casa solitaria se mantiene en pie, me ayuda a no perder mi identidad y al menos yo sé que somos una familia de desesperados, dispuestos a llegar al fin del mundo si es necesario, para sobrevivir. Colonos en resumidas cuentas, loquitos que se embarcan en viajes interminables por caminos imposibles desde hace generaciones.
Al cabo de dos años nos mudamos a La Paz, cuando por fin ella pudo trabajar como abogada en un ministerio. Se fue unos cuantos meses antes a preparar nuestra llegada, en los que la extrañamos muchísimo, y nos esperó con un departamento en el treceabo piso de un edificio en pleno centro. Mi hermana y yo alucinamos con el ascensor y descubrimos por primera vez a conciencia el vértigo, el desarraigo, la extranjería.
Ahora ella era jefa nacional de penitenciarías y las tres nos pasábamos los fines de semana de una cárcel a otra. Primero la de mujeres de obrajes, luego la de San Pedro. Era la época de los narcoarrepentidos con sus celdas de lujo en el patio chico y todos los policías hacían fila saludando militarmente al coronel, en este caso a la coronela, que pasaba entre ellos tímidamente con sus zapatos de taco alto que sonaban por los pasillos, seguida por nosotras. La primera persona famosa que conocí en la vida fue Meco Domínguez, que en mi memoria será siempre un señor moreno, grandote y gordo que un día nos regaló un helado de agua a mi hermana y a mi, que esperábamos siguiendo las instrucciones de no alejarnos, a que ella terminara la audiencia con los presos en un cuartito. Cuando salió y nos vio charlando con el hombre se puso pálida y desde entonces estuvo prohibido hablar con cualquier interno. Cuántas cosas vimos ahí dentro, tantas y tan extrañas que yo empecé a pensar en personajes y en cuentos y a ella no se le ocurrió nada mejor que regalarme Cumbres Borrascosas de Emily Bronte y Crimen y Castigo.
Teníamos un autito blanco en el que a duras penas entrábamos las tres, ella salía en él de casa muy temprano para ir a clases antes de entrar a trabajar y cuando volvía de trabajar, se quedaba noches en vela terminando los deberes para sus maestrías. ¿Cuántas tendrá: dos, tres? Era tremenda su pasión recién inaugurada por la economía y su voracidad. Mi hermana iba al ballet, yo leía y ahora vivíamos las tres en una casita de San Miguel.
Nos veíamos poco desde que se convirtió en especialista en políticas financieras, políticas económicas, banca, etc., etc., y empezó a trabajar en el Banco Central, aunque por las noches discutiéramos interminablemente sobre la política y la economía del país y fuera casi una obligación para las niñas leer el diario después de la comida.
Todavía menos cuando se convirtió en Gerente del Área Legal y pasó ella misma a dar clases en la universidad. Fue la época en la que me regaló las obras completas de Nietzsche, el Extranjero de Camus y La Metamorfosis, francamente no sé qué se proponía. Ya nunca se quitaba el traje y podíamos entrar con ella a un ascensor exclusivo para los VIP.
A veces subía a verla a su despacho en el Banco después de corretear entre los manifestantes de la Plaza San Francisco o ella pasaba por El Prado cuando salía de trabajar y sabía que yo estaba en la calle armando lío. Yo pienso que estamos en muchas más cosas de acuerdo, de lo que ninguna de las dos estaría dispuesta a reconocer nunca, quién sabe por qué. En cualquier caso fue ella la que me regaló ese libro sobre escritores latinoamericanos en Europa que sigo llevando a cuestas como un amuleto y que atestigua como ningún otro objeto los años de emigrante. Me lo dio cuando aún no sabía que me iba y aunque desde entonces no hace más que preocuparse por la “hija opa” que tiene en Europa y quejarse de su forma irresponsable de vivir al día, sin metas fijas ni expectativas, ahí esta, preocupada, llamando una vez a la semana, lista para reaccionar, aunque a veces suene como los Marines.
No se si se arrepiente de los románticos mejicanos, de Nicola di Bari y de los viajes por tierra sobre carreteras perdidas, a veces me entristezco pensando que es así, que esas son partes de nuestra historia que ella preferiría olvidar. Ni sé si alguna vez se puso a pensar en feminismo o emancipación, más bien creo que no, en cualquier caso debería saber que para una vieja como Emma Goldmann sería una camarada, también en lo del amor libre y que una buena parte de las teóricas del movimiento han practicado la mitad. No lo sabré yo, que he tenido que recuperar en estos años la teoría de género necesaria para entender al ser humano que me ha parido y darme cuenta de lo grande que es el bicho en todos los sentidos y lo terriblemente complejo.
 
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