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Plegaria

junio 01, 2011

Mi abuela siempre ha sido una niña. Una niña hermosa, con los ojos negros como uvas y el cabello ligeramente ondulado. La semana pasada fui a la peluquería con una foto suya, para que rizaran el mío igual. No puedo asegurar cuales fueron los móviles. Pensaba en ella, si claro. Siempre pienso en ella cuando tengo que hacer algo importante, a lo largo de los 34 años de vida que tengo, he dejado de maldecir sus velas y parte de mi misma el pedirle que las encienda. Estoy convencida de que su devoción tiene las puertas abiertas en el cielo. Nada de lo que he hecho que tuviera su bendición no ha dado resultado, todo lo contrario. Su comunicación directa con los santos y con la Virgen, no ha hecho otra cosa más que beneficiarme. Al extremo que entre nosotras la discusión de si dios existe o no, después de muchos años de ensañamiento, ha perdido por completo su sentido. A mi dios me da igual, yo creo en mi abuela y en el amor que me ha dado siempre y a ella no le da igual, pero yo creo que vive tranquila desde que está segura de que con fe o sin ella, de todas formas mi educación permanece inalterable.
Sé desde hace un par de días que está inconsciente y hospitalizada y el pecho se me rompe. Vuelvo a sentirme como una niña. No soporto la posibilidad de que deje de estar ahí para mi, aunque sea hipotéticamente. Necesito saber que puedo alzar el teléfono y escuchar su voz, porque si no está se habrá terminado de romper lo que me une al lugar del que vengo. Mi tierra es sobre todo mi abuela y los juegos que jugábamos. Sus roperos enormes llenos de disfraces y caramelos, sus flores, su colección de botones. Sus tangos, sus cuecas y su amor por las fiestas. He aprendido a bailar swing con mi abuela y se por ella, que mi vida no es sobreentendida en el lugar del que vengo. Gracias a ella he aprendido a valorar mi suerte. La suerte de haber tenido siempre que comer y que vestir, la enorme suerte de haber crecido en una casa con libros y fue ella la que nos educó en la responsabilidad de usar esos beneficios para construir un país. Cuando yo era niña, mi abuela pensaba en grande y se refería en esos términos. Tal vez porque la revolución del 52 mermó a su familia hasta desmembrarla y dejarla sin un peso, tal vez porque su abuelo había sido contralor de la República, como ella dice con tanto orgullo o porque es huérfana de la Guerra del Chaco. ¡Quién sabe!
Mi abuela y yo nos conocemos desde que ella tenía 46 años. Mi primo y yo tuvimos la oportunidad de verla trabajando. Necesité igual 30 años de mi vida para darme cuenta de lo anormal que es, con o sin fe y no importa donde sea, que mi abuela fuera independiente, asalariada, trabajadora, una mujer emancipada de su tiempo. Mucho más moderna que muchas madres de amigos e incluso que muchas amigas. Cuando veo las fotos que tengo de su vida, como mujer me lleno de orgullo. Reconozco a una compañera, se que mi abuela es mi amiga y ahora soy yo la que enciende las velas. Doña Gladys se tiene que despertar y tiene que volver a ser la que era. En Berlín empiezo a recordar como se reza... se tiene que levantar.

Carta abierta a la luciérnaga de Kentish Town

abril 14, 2010





Para la Familia Goss

Que hayas nacido fue algo muy extraño. Estaba acostumbrada a ver a tu madre como a mi hermanita y tú la hiciste enorme, me obligaste a mirar a la mujer adulta con la que charlo por skype varias veces a la semana. Al principio tuve miedo de conocerte, supongo que cuando seas mujer y tengas treinta y tantos y hagas tu vida y quieras ser la mujer que quieras ser, podrás entender esto mejor. Ser la mayor no es fácil, tampoco es fácil ser distinta y tu lo eres. Sé que algún día hablaremos sobre esto y prometo que te dejaré decir lo que quieras, que intentare darte el espacio que necesites. Cuenta conmigo… no puedes imaginarte el shock piterpanesco que me produjo el parto y me alegro de que hayas llegado tarde a la cita. En mi opinión ya mostrabas tu carácter, sembraste en mi la duda. Me obligaste a imaginarte vivamente, superando mi autismo.
Tu madre siempre ha sido la persona más importante en mi vida, de muchas maneras la razón por la que yo esté aquí todavía y pueda escribirte esta carta. Ahora las dos pueblan mi ternura con una hondura incalculable.
No puedo decir que te quise nada más verte. Eras un bebe bonito, pero como todos los bebes. Olías bien, sonreías, cagabas, llorabas a todo pulmón, mientras tus padres primerizos corrían de un lado a otro, completamente Überfordert como se dice en alemán, hasta que un día tu vieja tuvo la genial idea de dejarme bañarte, meterte en la tina...
tus ojos sabes? esa inteligencia antigua, tu manera de reflexionar el contacto y mover los deditos, calculando sus posibilidades en el agua. Estabas experimentando, reflexionando, sopesando las consecuencias un par de minutos, luego me miraste a los ojos y sonreíste. Creo que es el reconocimiento más íntimo que he sentido como adulto, hasta ahora. Yo supongo que no voy a darte primos, ¿sabes?
La gente piensa que estoy un poco loquita y si fuera un personaje de tus cuentos, supongo que me parecería a una vieja un poco gorda, medio gruñona, que en realidad es buena persona, pero ni si quiera tiene un gato. Debo confesarte que regalé a Malú y eso que la conocía prácticamente desde que nació. Cualquier persona normal la habría querido, tu también, como quieres al Zed. Pero yo no, yo era conciente de sus derechos ciudadanos como gato y al cabo de un año de tener que ser la responsable, se la regalé a la sobrina de mi vecina. Soy un desastre, me gasto toda la plata en libros, espero que esas cosas te gusten y en otras cosas que mejor no te cuento, ya nos iremos conociendo y viendo como coincidimos.
A ti quiero quererte, te quiero, pienso constantemente en verte y me imagino las cosas que podría mostrarte. A veces pienso que he aprendido a hablar alemán, para poder recibirte. Esa es una parte de tu historia que tendrá que contarte tu padre. Tu familia tiene muchas cosas que contarte, no te imaginas la cantidad de coincidencias que han sido necesarias para que existas. Fue necesario que el destino empapelara las calles de toda la ciudad de La Paz.

He dejado el alma sobre una piedra...

octubre 01, 2008

Para Daniela Camacho
Viernes 19 de septiembre, el reloj marca las 14:05, sigo en la cama. Esto comenzó como una Carta al Padre, en un impulsivo plagio kafkiano. Hasta las cinco no tengo a donde ir, así que pienso, luego existo. Ayer llegó un mail del Padre que me dejó temblando. Lo mandó desde Santa Cruz. Volvimos a hablar la semana pasada después de mucho tiempo. Lo llamé porque llevaba días escuchando las noticias en la radio y tenía que escuchar su voz. Saber que estaba bien. Yo creo que nuestra relación ha estado siempre llena de malos entendidos, pero nunca hemos perdido el contacto del todo. Nunca haz dejado de ser mi padre ni yo tu hija en los 32 años que te conozco. Aunque hayamos aprendido a evitar el conflicto directo, optando por dejar de hablarnos sin previo aviso, para reencontrarnos en las fiestas, en las revoluciones o en los momentos de duda. Entre nosotros, sobre todos los ismos, han prevalecido las necesidades humanas que marca el instinto, aunque los ismos siempre han estado ahí, como un muro. Seamos o no concientes de ello y la pregunta es si eso nos da derecho a juzgarnos al punto de desconocernos. Los dos somos occidentales andinos de provincia, precisamente de la provincia a la que no dejaron entrar cuando se firmó el acta de independencia de Bolivia.
Si algo he aprendido en Berlín es que hay, simple y sencillamente, demasiados Ismos. Yo por ejemplo en los últimos años he abrazado el anarquismo humanista en la rama feminista de Emma Goldman, heredera de la corriente cristiana de León Tolstoi y en esta fase de la vida estoy convencida de que se ha estructurado mejor mi árbol genealógico y sabes, tu sigues siendo una de las razones fundamentales de la búsqueda de toda esa ideología.
Nuestras vidas, desde que soy adulta, nos han brindado pocas oportunidades de hacernos regalos. Si lo pienso bien, me habría gustado darte alguna vez la novela de Javier Cercas: Soldados de Salamina, sobre la guerra civil española, en la que uno de los protagonistas principales es falangista. No sé más como explicarte que ya no puedo empezar nada con el discurso de la culpa, que ahora solo importa interpretar lo sucedido. Tienes cinco hijo y me pregunto si alguno de mis hermanos sabe más de tu vida política o de tus rencores infantiles. Pienso que es muy raro en la adolescencia que una caiga en la política si nadie se la inculca. En lo que a mi concierne, de no ser por ti, probablemente no me habría interesado por la Revolución Nacional ni me habría enterado de los campos de concentración ni me habría comido la cabeza con catorce o quince años tratando de entender si era de derecha o de izquierda. Siento no haber sido capaz de transmitirte mejor mi solidaridad humana. Según don Huáscar Cajias de la Vega, el MNR del gobierno revolucionario es responsable de la creación del servicio secreto boliviano. Con seguridad que el país no conoce peor violencia entre ciudadanos y contra ciudadanos que la de esos años y te aseguro que no discuto que fuiste una victima, no lo pongo en duda. Tampoco que lo fueron mis abuelos y en consecuencia yo también. –¡Que carajo!- que como primogénita me toco estar al tanto de todo desde una edad absurda e incluso acompañarte a las casas de tus amigos militares, alguna vez, en medio del ojo de la transición.
No me extraña que los cambios que está viviendo el país causen terror en una buena parte de la población occidental andina del país. Para nosotros la Revolución de 1952 fue un trauma social, que sacudió los pilares de nuestra cultura hasta en los últimos rincones de la provincia y enfrentó a nuestras familias. Comparable, en mi modesta opinión, sólo con los abismos que ha dejado entre los ciudadanos españoles la Guerra Civil.
Sé cuales son nuestros orígenes y no reniego de ellos, no los desprecio, para mi en lo personal no son terribles. Hay una idea ahí que desde hace siglos ayuda a sostener el mito de la necesidad de una coexistencia. El señor Unzaga de la Vega creyó en algo y ahora reconozco abiertamente que muchos de los militares de los años negros, eran concientes de esa tradición de pensamiento. Me arrepiento de haber pedido en 1996 simbólicamente que se deshiciera el ejército, cuando el MBL invitaba a sus mesas redondas para discutir el programa de 1997. Lo hacía con toda la inocencia de mi background cultural occidental andino de provincia. Es decir a partir de todos mis traumas. No era capaz de ver detrás de algún Ismos a muchísimas otras personas, civiles de a pie, oficinistas, amas de casa, curas. No quiero imaginarme cuantos curas, a mis propios parientes y muchos militantes recalcitrantes del propio MNR, pueblos enteros con sus iglesias, apechugando para sostener el lema del General Banzer: “orden, paz y trabajo” y los de otros muchos Generales, concientes de sus respectivos Ismos, que antes de él jugaron un papel fundamental para él país. También fue así, ahora lo sé y también sé que a pesar de todos los excesos y dado que hablamos de un país que ni en democracia ha dejado tener muertos, esos años fueron mucho menos malos, de lo que a mediados de los años 90 yo hubiera podido aceptar. En esa época, tengo la impresión de que prefería hablar con otras victimas de la violencia. Ejecutaba mi comisión de verdad, como decía la prensa que hacía Mandela en Sudáfrica, sin darme ni cuenta y fantaseaba con Sendero Luminoso por los pasillos de la UMSA, siguiendo el ejemplo de la izquierda en nuestra cultura occidental andina, como puede apreciarse sin ir más lejos en el Vicepresidente de nuestro país.
Ahora pienso que tuve la suerte inmensa de encontrarme con los imberbes- que sabrá dios por qué Ismo- aparecían en el Socavón. Para mí fue algo personal, nunca he tenido un partido y la acción fue por sobre todas las cosas algo afectivo. Mi interés intelectual por el país nace, después de dos años de psicólogo estoy segura, de la intención de querer entenderte, a pesar de los kilómetros, a pesar de la distancia, más allá de los Ismos y creo que eso es algo que puede aplicarse a la mayoría de los participantes del antimanagement como lo define Yerko Ilijic
[1]en su ensayo o de El Caraspas. Hay demonios naiv, por simplificar una de las ideas centrales de Bakunin en su carta al Zar, cuando describe como la ideología es algo lúdico y trágico que va apareciendo en su vida y no un manual.
En La Paz entre 1994 y 1997 conocí a varios de esos demonios y también a muchas personas que habían vivido directamente en la infancia la persecución, la clandestinidad, la desaparición de parientes, el exilio de una manera que yo sólo podía concebir en la medida en que era capaz de asociarlas a tus historias de infancia o a la vida de Doña Luz. Lamento mucho no haber sido capaz de incluir en el discurso de entonces a todas las victimas. Pienso que recién ahora soy lo suficientemente adulta como para darme cuenta de todos los Ismos que pueblan el cristianismo de mi ser occidental andino y que eso sólo es posible gracias a la democracia.
Yo tampoco soy nada más que un producto de mi contexto, ha llegado el momento de que tu también quieras verme desprejuiciadamente. A mi, la democracia chanflee de los años 90 con todas sus contradicciones, me ha dado indirectamente la oportunidad de crecer como mujer bajo el rigor de “subdesarrollo y felicidad” con una opinión propia. Actualmente nuestros representantes están discutiendo una constitución que promete convertirse en una refundación del país. Espero que este nuevo marco nos dé a nosotros también la oportunidad como individuos dentro de los límites de nuestra cultura de reencontrarnos. Para eso es necesario que prescindamos de cualquier tipo de violencia, de la coacción y sobre todo del chantaje. Ya no se trata de culpas, ahora es tiempo de que lo intelectual y con lo intelectual me refiero a la capacidad de entendimiento que nos ha sido dada a todos, sea la que se imponga. Espero que los occidentales andinos seamos más austeros con nuestros Ismos y sobre todo más libres, que seamos más humanos. Sólo así vamos a poder concentrarnos en nuestros representantes y no vamos a dejarlos mentir, otra vez.
Un occidental promedio entiende democracia como el predominio del pueblo sobre el gobierno político del Estado y eso en nuestro país ocurre a través de los representantes elegidos. En el proceso intelectual de llegar a constituirnos como país, a lo largo de prácticamente 200 años, a pesar de todo el despelote, de todos los equívocos, al menos mi generación puede sentirse orgullosa de pertenecer en resumidas cuentas a una cultura que ha reconocido e incluso formado a sus interlocutores y que se ha adscrito a una herencia de pensamiento humanista mucho más antigua que las fronteras físicas. Así pues, espero de ti, de mi, de nuestros representantes, de nuestros gobernantes, de nuestros conciudadanos que se definan así mismo como cristianos que aprendamos a discutir, para que podamos de una vez empezar a leer en nuestro propios municipios. Todo boliviano tiene derecho a descubrir en sí mismo todos los Ismos que le hagan falta desde su propia cultura. También debería ser posible que un occidental andino desde Padcaya o San Lorenzo. Desde El Alto o desde Guayaramerin pueda saber que el anarquismo es un sistema como el capitalismo o el socialismo, una alternativa ética de convivencia humana, posible dentro de una moral cristiana. El reto real de nuestra comunidad imaginaria consiste en que, sin dejar de ser y sin renegar de si misma, sea capaz de pertenecer a partir de ahora a un Estado multicultural y plurilingüe. ¡Que vivan los Bolis de espíritu, que a pesar de sus circunstancias, estén dispuestos a aprender a amar a sus semejantes!



[1] “Modelo básico de antimanagement CREARE la otra forma de accionar“, en Resonancias de una generación. La Paz- Bolivia, 2007.

El Marqués

mayo 21, 2008

Conocí al marqués cuando tenía poco más de 9 años. Acabábamos de llegar a vivir de nuevo a la ciudad de la que viene nuestra familia y él apareció como por arte de magia. Si lo pienso bien, nunca supe como. Eso sí; un día estacionó la brasilia beige que tenía en la puerta de nuestra casa y empezó a hablar con nosotras. Como es obvio a mi hermana y a mi nos resultó sospechoso. Era un tipo que no se parecía en nada a la gente con la que nosotras estábamos acostumbradas a tratar. Sobre todo porque besuqueaba a mi madre cada vez que podía. Por otro lado mi abuela tampoco lo veía con buenos ojos. Ya que era dueño, debido a distintas razones que circulaban por el pueblo, de una pésima reputación.
Por esa época tendría unos 43 años. Era alto y en general tiene que haber sido un tipo atractivo, mi madre por lo menos estaba loca por él. Al principio nosotras no quisimos tener mucho que ver, intentamos no hablarle, procuramos no acercarnos, pusimos toda nuestra atención en resistir a sus encantos. Pero era difícil evadirlo. Era un tipo listo que entre caramelos y salidas a pasear al río, nos metió en el bolsillo sin que nos diéramos cuenta, para increíble felicidad de nuestra progenitora. Que hay que decir, siempre nos puso en primer lugar.
Que yo sepa el nunca usó el título y su padre tampoco. Era un revolucionario afiliado al partido, todavía hoy guardo en mi casa su carné del Movimiento Nacionalista Revolucionario. Es una de las pocas cosas que me han quedado. Por lo demás tengo una foto y la chompa que cargaba conmigo, desde hace más de 15 años, el año pasado terminó de ser devorada por las polillas, así que no la tengo más. Igual no esta mal que me despida de él de una buena vez, está muerto desde 1990.
Me gustaba su casa. Era una construcción años 70 con ventanales amplios que daban al jardín, una sala espaciosa con chimenea, una cocina, en la que él pasaba muchas horas y una biblioteca enorme en todo el segundo piso. En esa época era la única que conocía, salvo por la de mi abuelo mientras estuvo con vida, que tenía un cuarto entero lleno de libros. En el centro de la habitación estaba un mueble extraño, que dejaba ver de uno y otro lado, las cartas que El Marqués le escribía a Bolívar o a Sucre y estos a él. Nunca me dejaron tocar nada y nunca sentí que estuviera en mi casa. Había una ley no dicha de molestar lo menos posible, a la que las niñas nos ateníamos en la medida de nuestras posibilidades.
Al lado vivía la madre del marqués en los restos de la construcción original. Su casa era oscura, con los techos altos y estaba decorada con un montón de cuadros religiosos. Había uno de Melchor Pérez de Olguín, casi todos los demás de maestros pertenecientes a su escuela. Olía a una mezcla rara entre humedad y perfume. Tenía una radio empotrada en un mueble de madera clara de los años de la perinola y en el comedor una mesa enorme, rodeada con vitrinas en las que se podían ver los restos de lo que alguna vez seguramente fue la magnífica bajilla de plata de El Marqués. Mi pieza favorita era una pequeña caja para guardar el té, trabajada preciosamente con guirnaldas de flores y angelitos, si recuerdo bien. Tampoco pude tocarla y me habría gustado mucho.
Las comidas ahí eran opíparas y súper ricas. Sobre todo las salteñas caseras hechas por doña Norberta y servidas por la criada de turno, que venía corriendo cada vez que escuchaba sonar la campanita que la madre del marqués tenía siempre a la izquierda del plato y que representaba a una esclava africana, creo que era de bronce. Los platos y las bebidas se sucedían al compás del instrumento. Nunca entendí bien cómo era posible que el marques fuera revolucionario y al mismo tiempo la madre del marques fuera una entrañable oligarca practicante. En cualquier caso todos estaban orgullosos de las andanzas de la señora y de su valor, ya que gracias a ella la familia había perdido apenas tierras con la reforma agraria. La mujer las había defendió con el fusil en la mano y a caballo, acompañada por un par de infelices despistados, de las hordas revolucionarias. Con tal suerte y maestría, que en la época en la que yo conocí a la familia una cuantas hectáreas de tierra estaban prácticamente abandonadas y no le servían a nadie para nada.
La figura del marques era igual de contradictoria que la historia de su familia y en cualquier caso era un hombre provisto de muchas curiosidades personales, plagado de anécdotas. Una vez me mostró una foto color sepia, en la que una hermosa niñita rubia, vestida con un traje andrógino de marinerito, miraba a la cámara temerosa. Los bucles marcaban el contorno de su rostro y la pequeña boca se comprimía en una mueca indescifrable. Acto seguido me contó que después de su nacimiento, la madre había recibido la noticia de que no podía tener más hijos y se consoló vistiendo al niño los primeros cinco o seis años de su vida como mujer o casi. Nunca pude preguntarle si le había quedado algún trauma de esa experiencia, murió antes de que yo fuera conciente de los traumas.
Por lo demás mientras vivimos en La Paz, nuestra vida en común no fue menos extraña que en nuestra ciudad de natal. Digamos que la distribución de roles en nuestra familia era, para el contexto social en el que circulábamos, por demás extraña, casi sospechosa. Mi madre trabajaba y estudiaba de sol a sol, mientras él veía con nosotras por las tardes los Thondercats y cocinaba. Era un excelente cocinero, que raras veces salía de la cama antes del medio día y que después de ver los dibujos animados con nosotras, se sentaba en el escritorio con el saco de fumar puesto, a fumar por supuesto y a leer o a hablar por teléfono. En nuestra casita de San Miguel también teníamos una biblioteca, pero no era ni de lejos tan bonita como la que había en lo que mi madre llamaba el “elefante blanco” de nuestra ciudad natal. A cambio las niñas podíamos tocar y ver todo.
Después sobre las cinco de la tarde, él se metía en la ducha y se vestía como si fuera un ejecutivo para ir a recoger a mamá de la oficina. La traía a casa, servía lo que había preparado y cuando nuestra madre se encerraba a seguir con su labor de estudiante empedernida, él se ponía a ayudarnos a hacer los deberes o nos daba unos discursos radicales sobre las telas cordiales y la barrera de los rumbos. Aún hoy pienso en esas charlas, que entonces escuchaba más por cortesía que por interés. Nadie con once o doce años pienso yo, tiene la capacidad de concentrarse en ese tipo de conversaciones metafísicas. Ahora en cambio me pasa a veces leer algún libro y acordarme de él. Aunque claro, nunca he tenido la oportunidad de cotejar lo que creo que aprendí con lo que él realmente quiso transmitir. Eso sí, me ha quedado el I Ching y cuando lo consulto siento que lo tengo cerca, quién sabe.
El segundo tema de discusión en importancia era la Revolución Nacional. Ahí si que lo entendía y hablaba con tanto fervor, que por su culpa tuve una de las primeras rupturas con mi señor padre que, francamente quién sabe por qué, tiene el corazón falangista y es un enemigo acérrimo del Dr. Paz Estensoro, pero esa es otra historia.
El tercer tema en jerarquía era la poesía y, aunque ahora me doy cuenta de que el pobre francamente no tenía ni puta idea, el hecho de que su padre hubiera sido un poeta, hacía que él se sintiera en el derecho de transmitir una poética, desprovista por supuesto de toda lógica, que se reflejaba en su lema de vida “mi padre fue un poeta, yo hago de mi vida una poesía” y tanto que lo hacía. Los rumores sobre sus andanzas son muchos y variopintos.
La noticia de su muerte me llegó una tarde en medio de unas vacaciones tristísimas. Mi abuela estaba visitando a unos tíos en Alemania y a mi me había tocado quedarme el resto del verano en la casa de unos parientes que son tan agradables como chupar un fierro. Me lo dijeron de frente y sin muchos preámbulos, supongo que partiendo del principio de que como el marques no era mi padre y apenas lo conocía, llevamos viviendo sólo tres años, poco o nada podría afectarme.
Al día siguiente fuimos juntos a esperar el féretro al aeropuerto, nosotros y un par de cientos de personas. Vi a mi madre a lo lejos, rodeada por los hijos del marqués. Vi a todos meterse en un coche con el muerto y partir en dirección al elefante blanco. Los parientes me dejaron en la casa y se pusieron a hacer relaciones sociales con todos los concurrentes, su especialidad. No pararon de llegar personas en toda la noche ni paro el ruido ni pude acercarme a mi madre hasta varios días después, creo que incluso fueron años.
Esa noche pasé un buen rato sentada en uno de los escalones de la biblioteca viendo el espectáculo sin atreverme a entrar al velatorio y supongo que me habría quedado dormida en el lugar, si una de las hijas del marques no hubiera venido a cogerme de la mano y no me hubiera obligado a ver al muerto en su cajón.
Tenía los orificios corporales taponados con algodones para que no se le salieran los líquidos, me explicó la hija del marqués. Dándome con lujo de detalles una disertación extensa sobre como se enterraba a las personas y lo que pasaba con los cuerpos.
El marqués tenía la piel amarilla y unas ojeras terribles, estaba mucho más delgado y llevaba puesto uno de sus trajes de ejecutivo. Como siempre estaba muy bien arreglado, con un pañuelo blanco en el bolsillo y mientras lo vi no tuve la impresión de que se levantaría de un momento a otro. Estaba muerto y bien muerto, ya era carne de gusanos.
Nunca entendí por qué la hija del marqués hizo eso y me pregunto si se acordará del incidente, lo que yo recuerdo es que no pude dormir esa noche ni la siguiente y que durante muchos meses, quizá años, tuve pánico de cerrar los ojos.

La Negra

abril 02, 2008

Para R.G.
Nació en 1958, el año en que se estandarizó la producción de cigarrillos con filtro y se empezó su comercialización mundial, como un presagio. Desde que me acuerdo la acompaña el humo y en mis recuerdos más recurrentes, los cigarrillos se consumen en el cenicero del tocador mientras ella se encrema el cuerpo. Acaba de salir de la ducha, lleva la toalla enrollada en la cabeza y es linda, siempre ha sido muy linda.

Yo empecé a conocerla en la época en la que todavía iba por la vida con faldas de gitana y sandalias. Tenía el pelo largo hasta la cintura, los ojos negros y leía poesía. Por entonces, mi hermana, ella y yo nos sentábamos algunas tardes a jugar y ella recitaba en voz alta, por dar un ejemplo, a Juan de Dios Peza. Comenzando irresponsablemente nuestra educación sentimental con los románticos mejicanos. Eran los tiempos de la facultad de derecho en plena UDP. Vivíamos en Santa Cruz y teníamos una perra muy lista que se llamaba Colorina. Recuerdo un día en el que la llevamos en el coche, vestida por primera vez con un traje de falda y chaqueta color tumbo y una camisa blanca, a dar un examen. Las niñas no entramos en el Aula Magna, pero: cómo le brillaban los ojos a ella al salir, joder. Me parece que en esa mirada descubrí yo que era el poder. Es un fulgor en las pupilas, que ese día cambió algo substancial en el aire, sacudió el bochorno y poco después nos llevó de vuelta a Tarija.
Ahí vivíamos en un cuarto de la casa de la abuela las tres juntas y ella se iba temprano en la mañana en bicicleta a trabajar. Me parece que era secretaria de una institución publica, cuando salía vendía toallas y ropa de cama, casa por casa y para aumentar los ingresos, algunas veces, fuimos las tres en un camioncito alquilado hasta el Chaco a recoger cerdos, que ella luego vendía a una fabrica de embutidos.
Fueron cuatro o cinco viajes relámpago que cambiaron mi vida, en los que invariablemente escuchamos la discografía completa de Nicola di Bari, ampliando un poquito más nuestra educación sentimental con baladas italianas cursísimas. Fue ella la que nos mostró Beretí, el lugar en medio de la nada del que viene nuestra familia y que ya nadie recuerda realmente, inaugurando uno de los refugios más recurrentes de mi fantasía. Han pasado más de 20 años desde entonces y no he vuelto a ir, pero aun hoy y aquí en Berlín, el saber que esa casa solitaria se mantiene en pie, me ayuda a no perder mi identidad y al menos yo sé que somos una familia de desesperados, dispuestos a llegar al fin del mundo si es necesario, para sobrevivir. Colonos en resumidas cuentas, loquitos que se embarcan en viajes interminables por caminos imposibles desde hace generaciones.
Al cabo de dos años nos mudamos a La Paz, cuando por fin ella pudo trabajar como abogada en un ministerio. Se fue unos cuantos meses antes a preparar nuestra llegada, en los que la extrañamos muchísimo, y nos esperó con un departamento en el treceabo piso de un edificio en pleno centro. Mi hermana y yo alucinamos con el ascensor y descubrimos por primera vez a conciencia el vértigo, el desarraigo, la extranjería.
Ahora ella era jefa nacional de penitenciarías y las tres nos pasábamos los fines de semana de una cárcel a otra. Primero la de mujeres de obrajes, luego la de San Pedro. Era la época de los narcoarrepentidos con sus celdas de lujo en el patio chico y todos los policías hacían fila saludando militarmente al coronel, en este caso a la coronela, que pasaba entre ellos tímidamente con sus zapatos de taco alto que sonaban por los pasillos, seguida por nosotras. La primera persona famosa que conocí en la vida fue Meco Domínguez, que en mi memoria será siempre un señor moreno, grandote y gordo que un día nos regaló un helado de agua a mi hermana y a mi, que esperábamos siguiendo las instrucciones de no alejarnos, a que ella terminara la audiencia con los presos en un cuartito. Cuando salió y nos vio charlando con el hombre se puso pálida y desde entonces estuvo prohibido hablar con cualquier interno. Cuántas cosas vimos ahí dentro, tantas y tan extrañas que yo empecé a pensar en personajes y en cuentos y a ella no se le ocurrió nada mejor que regalarme Cumbres Borrascosas de Emily Bronte y Crimen y Castigo.
Teníamos un autito blanco en el que a duras penas entrábamos las tres, ella salía en él de casa muy temprano para ir a clases antes de entrar a trabajar y cuando volvía de trabajar, se quedaba noches en vela terminando los deberes para sus maestrías. ¿Cuántas tendrá: dos, tres? Era tremenda su pasión recién inaugurada por la economía y su voracidad. Mi hermana iba al ballet, yo leía y ahora vivíamos las tres en una casita de San Miguel.
Nos veíamos poco desde que se convirtió en especialista en políticas financieras, políticas económicas, banca, etc., etc., y empezó a trabajar en el Banco Central, aunque por las noches discutiéramos interminablemente sobre la política y la economía del país y fuera casi una obligación para las niñas leer el diario después de la comida.
Todavía menos cuando se convirtió en Gerente del Área Legal y pasó ella misma a dar clases en la universidad. Fue la época en la que me regaló las obras completas de Nietzsche, el Extranjero de Camus y La Metamorfosis, francamente no sé qué se proponía. Ya nunca se quitaba el traje y podíamos entrar con ella a un ascensor exclusivo para los VIP.
A veces subía a verla a su despacho en el Banco después de corretear entre los manifestantes de la Plaza San Francisco o ella pasaba por El Prado cuando salía de trabajar y sabía que yo estaba en la calle armando lío. Yo pienso que estamos en muchas más cosas de acuerdo, de lo que ninguna de las dos estaría dispuesta a reconocer nunca, quién sabe por qué. En cualquier caso fue ella la que me regaló ese libro sobre escritores latinoamericanos en Europa que sigo llevando a cuestas como un amuleto y que atestigua como ningún otro objeto los años de emigrante. Me lo dio cuando aún no sabía que me iba y aunque desde entonces no hace más que preocuparse por la “hija opa” que tiene en Europa y quejarse de su forma irresponsable de vivir al día, sin metas fijas ni expectativas, ahí esta, preocupada, llamando una vez a la semana, lista para reaccionar, aunque a veces suene como los Marines.
No se si se arrepiente de los románticos mejicanos, de Nicola di Bari y de los viajes por tierra sobre carreteras perdidas, a veces me entristezco pensando que es así, que esas son partes de nuestra historia que ella preferiría olvidar. Ni sé si alguna vez se puso a pensar en feminismo o emancipación, más bien creo que no, en cualquier caso debería saber que para una vieja como Emma Goldmann sería una camarada, también en lo del amor libre y que una buena parte de las teóricas del movimiento han practicado la mitad. No lo sabré yo, que he tenido que recuperar en estos años la teoría de género necesaria para entender al ser humano que me ha parido y darme cuenta de lo grande que es el bicho en todos los sentidos y lo terriblemente complejo.
 
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